El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—Dichosos los ojos que te ven, Milt —añadió otro.

Después de cada una de sus prolongadas ausencias, Dale experimentaba íntimo placer al encontrar a sus antiguas amistades. Dos del grupo le pidieron que les trajera algún pavo o carne de venado; otro deseaba cazar con él. Lem Harden salió del boliche y rogó a Dale que le ayudara a recuperar el caballo que le habían robado. El hermano de Lem reclamaba la ayuda de Dale para echar el lazo a una yegua brava que se le había escapado, y volverla al potrero, Jess Lyons quería que Dale le ayudara a domar un potro. Así todos asediaban a Dale con sus peticiones egoístas. Dos mujeres llegaron en aquel momento al boliche a añadir una nueva prueba de la popularidad de Milt Dale.

—¿No es ése Milt Dale? —exclamó la más vieja—. ¡Qué suerte! Mi vaca está enferma y nadie sabe lo que tiene. Él me la curará.

—Él o nadie —asintió la otra mujer.

—Buenos días, Milt Dale —dijo la que había hablado primero—; cuando se separe de esos holgazanes, pase usted por casa.

Dale nunca negaba un servicio, y por eso se prolongaban tanto sus raras visitas a Pine.

Beasley, que a la sazón acertó pasar por allí, se fijo en Dale cuando iba a entrar en el boliche.


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