El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Hola, Milt, tanto bueno por aquÃ! —exclamó adelantándole la mano con cordialidad.
El saludo era sincero, aun cuando su mirada denotaba que no veÃa con gusto la llegada de Dale en aquella ocasión. Visto a la luz del dÃa Beasley era un hombre alto, fuerte, fornido. Sus rasgos duros y su mirada hosca denotaban que si acaso no habÃa de ser muy bueno para amigo, habÃa de ser malo, muy malo, para enemigo.
Dale le dio la mano.
—¿Cómo está usted, Beasley?
—No me puedo quejar de mi suerte, Milt, aunque tengo tanto trabajo que no descanso un momento. Me temo que usted no querrá un empleo de capataz en mi casa.
—Tiene usted razón; no lo quiero. Le agradezco de todos modos el ofrecimiento —contestó Dale.
—¿Qué noticias nos trae usted de esos bosques?
—Que están llenos de caza. Muchos pavos y venados. Y muchos osos también. Los indios se han retirado hacia el Sur muy pronto este otoño. Pero yo creo que el invierno llegará tarde y será suave.
—¿Y de dónde viene usted ahora?
—De mi campamento, atravesando bosques —respondió Dale eludiendo una contestación categórica a esta pregunta.
—¿Su campamento? ¡Nadie lo ha visto nunca! —comentó Beasley con ironÃa.