El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Allà está, en la montaña —declaró alegremente.
—Supongo tendrá usted al puma encadenado a la puerta de su cabaña —dijo Beasley, no sin cierto imperceptible estremecimiento y cierta dilatación de las pupilas.
—Tom no está encadenado. Además, yo no tengo cabaña.
—¡Cómo! ¿Mantiene usted a aquella fiera en el campo sin encadenarla ni enjaularla? —preguntó Beasley, lleno de asombro.
—Ciertamente.
—Es increÃble. Más de una vez me han seguido los pumas y jaguares. No le diré a usted que haya sentido miedo, precisamente; pero le confieso que no me gustan esos animales. ¿Cuánto tiempo piensa permanecer entre nosotros?
—Algunos dÃas todavÃa.
—Venga a visitarme a mi rancho. Tendré mucho gusto en verle por allÃ. Encontrará a varios de sus amigos y compañeros de caza que trabajan para mÃ.
—Gracias, Beasley. Es muy posible que le visite.
Beasley dio unos pasos para marcharse; mas, de pronto, como si una súbita idea le hiciese cambiar de intento, se detuvo y volviéndose de nuevo hacia Milt Dale, le dijo: