El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Pues le aseguro que si no quiere verme morir en este mismo instante tendré que irme a Missouri sin perder momento —añadió Bo con desgaire.
—¿Me permitirá usted entrar? —le preguntó Carmichael—. Hace mucho frÃo afuera y tengo algo que decir a…
—¿A quién? ¿A mÃ? No le falta osadÃa —declaró Bo.
—Señorita Rayner, siento mucho decirle que no he venido aquà para hablarle a usted.
—¡Ah! ¿No? Ya me extrañaba a mà que usted hubiese venido a excusarse como un caballero. Puede usted entrar si gusta, mi hermana está aquà para oÃrle.
Elena oyó cerrar la puerta, y cuando volvió la cabeza vio delante de ella a Carmichael con el sombrero entre las manos. En los últimos meses su cara habÃa dado un gran cambio. Hubiérase dicho que habÃan transcurrido varios años. Aquellos rasgos francos, frescos y alegres de niño habÃanse trocado en los rasgos más duros y acusados de hombre. En realidad nadie como Elena sabÃa hasta que punto aquel joven era verdadero hombre, pues, como tal, habÃa realizado a la perfección las más duras y complejas tareas del rancho.
—Tal vez le habrá decepcionado, pero yo no he venido aquÃ, como le he dicho, para hablar con usted tal y como hubiera podido venir cualquier otro de sus adoradores —dijo todavÃa con frialdad a la muchacha.