El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Bo palideció y sus ojos echaban chispas; pero Elena leyó en ellos, más que la indignación, la sorpresa y el dolor.
—¿Otros adoradores? —murmuró—. Me parece que Rayner estaba sentada junto al fuego, bien arrellanada en su salón y puesta toda su atención en el libro que tenÃa en sus manos. Junto a ella estaba Pedro tendido en el suelo con su cabeza entre las patas, buscando el calor de la lumbre.
—¿Ha llamado el tÃo? —preguntó Elena, saliendo súbitamente de su ensimismamiento.
—No lo he oÃdo —contestó Bo.
Elena se levanto y, andando con la punta de los pies para no hacer ruido, levanto las cortinas para mirar en la habitación que habitaba su tÃo. Estaba dormido. Muchas veces solÃa llamar en sus ensueños. HacÃa varias semanas que no podÃa levantarse de la cama, y sus fuerzas disminuÃan rápidamente. Dando un suspiro volvió Elena a ocupar su asiento cerca de la ventana, reanudando su labor.
—¿Has visto como brilla el sol, Bo? —preguntó a su hermana—. Los dÃas van siendo más largos. ¡Qué alegrÃa!
—Elena, tú siempre estás deseando que los dÃas pasen de prisa. Para mà transcurren más, rápidamente de lo que yo quisiera —respondió su hermana.