El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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El rancho acreditaba en todas sus partes la labor asidua y perseverante de su propietario. El arroyo regaba el verde y riente valle que se extendía entre el rancho y la aldea. El agua para las necesidades de la casa llegaba, sin embargo, de lo alto de las elevadas montañas vecinas, transportada por medios tan primitivos como sencillos. Con troncos de pino horadados y herméticamente unidos por sus extremos habían formado una conducción que era la maravilla de cuantos la veían. El agua así transportada bajada de lo alto de la montaña, a lo largo de la ladera, hasta el valle, y volvía a subir por la colina hasta la mansión de Auchincloss.

Aquel día encontró Dale a Al Auchincloss sentado a la sombra del pórtico de su casa hablando con algunos pastores y peones suyos. Auchincloss era un hombre de poca estatura, pero ancho de hombros y muy fornido. No tenía canas, ni aparentaba excesiva edad, pero la palidez de su cara y el sello de cansancio de sus facciones eran prueba evidente de una vitalidad en rápido descenso. Su mirada triste y mortecina conservaba aún la llama de un espíritu fuerte y vigoroso.

Dale no sabía cómo Auchincloss le recibiría y más temía que le impidiera llegar hasta el que otra cosa. Años hacía que no se había acercado por allí. Con gran sorpresa, por lo tanto, vio que Auchincloss no solo no le recibía con disgusto, sino que ordenaba a los hombres con quienes estaba hablando, que se retiraran.


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