El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Buenos dÃas, Al; ¿cómo está usted? —dijo Dale con naturalidad, mientras dejaba su fusil apoyado contra la pared de la casa.
Auchincloss no se levanto; pero alargo la mano al recién llegado.
—Buenos dÃas, Milt Dale —contestó—. Ésta es la primera vez que me ve usted sin fuerzas suficientes para derribarle.
—¿Quiere usted decir que no anda bien de salud? Lo siento, Al —manifestó Dale.
—Es la primera vez que estoy enfermo. Mi salud fue siempre excelente; mas ahora… Usted, en cambio, cada dÃa más joven. Se ve que la vida del bosque le prueba. —SÃ, me encuentro perfectamente. Los años no pasan para mÃ.
—Quizá no sea una locura tan grande, a negar de todo, vivir como usted vive. Pero, Milt, sin salar de los bosques no se enriquecerá usted.
—Tengo todo lo que necesito y deseo.
—Pero no ayuda usted a nadie. Su vida es inútil para todo el mundo.
—No pensamos lo mismo —replicó Dale con una débil sonrisa.
—Nunca hemos coincidido en nada. ¿Ha venido usted únicamente para saludarme?