El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Señorita Elena, no creo yo que su hermana se equivoque mucho —manifestó Roy—. Y usted, Las Vegas, ¿qué opina?
Carmichael abandonó en aquel momento la estancia, antes de dar contestación a lo que se le preguntaba.
—Llámenle en seguida, oblÃguenle a venir —ordenó Elena, sobresaltada.
—¡Vuelve, Carmichael! —gritó Roy.
Elena llegó a la puerta al mismo tiempo que Roy. El cowboy cogió su sombrero, se lo encasquetó en la cabeza, se apretó bien el cinto, se aseguró de que llevaba el revólver bien colocado y de un salto formidable se colocó en la silla de Ranger.
—Carmichael, quédese —ordenó Elena.
El cowboy, sin contestar, espoleó al caballo, lanzándole al galope tendido.
—¡Llámale, Bo! ¡Ordénale que se quede! ¡No le dejes partir! —imploró su hermana, desolada.
—No lo haré —declaró Bo, impulsada por el amor que sentÃa hacia su hermana y por la influencia que en ella ejercÃa ya el ambiente del Oeste.
—Es inútil, señorita —declaró Roy dirigiéndose a Elena—, no habrá quien le detenga y, por otra parte, mejor será dejarle que arregle este asunto pronto y bien.
Y diciendo esto, montó a caballo y se alejó rápidamente.