El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Oh, ya espero estar bien dentro de poco! Tom, tenÃa muchas ganas de verle para manifestarle mi agradecimiento por lo que ha hecho por mÃ, dando a Riggs la lección que se merecÃa.
Hablaba llanamente, con afectuosidad, y sin la ligera entonación de ironÃa o despecho con que acostumbraba hablar a Carmichael.
—¡Ah! ¿Ya se lo han contado? —repuso Carmichael con naturalidad—. Era necesario. Yo me anticipe porque temÃa que Roy hubiese ido mucho más lejos. Él, lo mismo que cualquiera de sus hermanos, se hubiera dejado llevar, en un caso asÃ, de su furia, llegando, por el deseo de defender a su hermana, más allá de lo conveniente. Mi deber, como mayoral de su hermana, es velar un poco por todos ellos.
A Elena escarabajeábanle las ganas de reÃr. El efecto que estas palabras produjeron en Bo fue formidable. Con la fineza, el tacto y la suavidad de un diplomático, aquel rudo muchacho del Oeste habÃa dado una buena lección a una señorita, llena de pretensiones, desconcertándola y humillándola. No era de esperar que Bo se conformara con la derrota. Palabras e intención no habÃan de faltarle, y asÃ, Elena se dispuso a ser testigo de una acre y graciosa polémica.
—Pero usted dijo que yo era su novia —arguyó Bo, como primeras de cambio.