El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—Su pretensión, señor Beasley, no es nueva para mí —repuso Elena sin inmutarse—. Ya había oído yo hablar de ella y pregunté a mi tío, quien en su lecho de muerte me juró que no le debía ni un dólar. En los papeles y libros de la época a que usted se refiere no he podido encontrar tampoco ningún dato que justifique su pretensión. Debo, por consiguiente, rechazarla de plano.

—Señorita Rayner, no puedo censurarla por tomar al pie de la letra la palabra de su tío y dar más crédito a ella que a la una —dijo Beasley—. Esto es natural en usted; es nueva en estas tierras e ignora la manera de tratar los negocios aquí. No es agradable hablar mal de los muertos; pero la verdad es que Al Auchincloss comenzó su fortuna robando ganado. Bien es verdad que éste ha sido el comienzo de casi todos los hacendados del Oeste. El exceso de palabras no me ha gustado nunca; hablar, además, no es el vicio de los hombres del Oeste. Yo puedo demostrar la razón que me asiste en mis pretensiones y usted lleva las de perder. Éste es el caso. Lo que le propongo es que nos casemos para arreglar de este modo este asunto.

En cualquier otra ocasión, la ofensiva proposición del descomedido habría provocado la cólera de Elena, pero tan preparada estaba la muchacha aquel día a todo evento, que supo reprimir perfectamente su disgusto, limitándose a contestar.


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