El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Gracias, señor Beasley; pero no puedo aceptar en modo alguno su ofrecimiento.
—¿Quiere usted tomarse algún tiempo para reflexionar? —insistió Beasley.
—No; es inútil.
Beasley se levantó sin dar muestras de desencanto o despecho, pero la sonrisa amable con que hasta entonces habÃa hablado se desvaneció instantáneamente, no quedando en su cara sino la expresión de felonÃa que predispuso desde un principio a Elena en contra suya.
—Eso quiere decir que me obligará a exigirle los ochenta mil dólares o a lanzarla de esta casa.
—Señor Beasley, aunque se la debiera no le podrÃa pagar una suma tan fabulosa, porque no la tengo, y no espero que usted se atreva a intentar arrojarme de mi casa, ni creo tampoco que tenga fuerza y poder suficientes para ello.
—¿Y por qué no lo cree usted? —preguntó, clavando en ella su torva mirada.
—Porque sus pretensiones son infundadas y yo podré demostrarlo.
—¿A quién lo demostrará?
—A mi gente, a la de usted, a los habitantes de Pine, a todo el mundo. No habrá una sola persona que no me crea.
—¿Y cómo se las compondrá para probar esto? —preguntó, con ironÃa.