El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Porque aquà vivimos matándonos siempre unos a otros —repuso el cowboy.
—Con todo, no se expondrá usted a dejarnos a Bo y a mà sin un amigo —arguyó todavÃa Elena.
Esta objeción pareció hacer a Carmichael mucho más efecto que el primer reproche.
—Por ustedes, señorita Elena —dijo—, seré prudente, en la medida de lo posible. Esto no es muy fácil, sin embargo; en el Oeste.
—Pongamos nuestras esperanzas en Dios y su clemente providencia —dilo Elena—. Deseo hablar con Roy. Quizá logre sonsacarle el nombre del que le hirió. ¿Cuándo podré verle?
—Mañana, según creo. Vendré a buscarla. Bo debe acompañarnos. Es preciso tomar precauciones. ConvendrÃa incluso que Hal y yo nos quedáramos a dormir aquÃ, en esta casa.
—Es verdad; estarÃamos más seguras. Tengo habitaciones de sobra. Acepto, pues, el ofrecimiento —agradeció Elena.
—MagnÃfico. Ahora mismo me voy en busca de Hal. Siento haberle traÃdo tan malas noticias.
Alrededor de las diez, Carmichael llevó a Elena y a Bo a Pine al dÃa siguiente, deteniendo el coche delante de la casa de la viuda de Cass.