El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Hermosa floración rosada y blanca exornaba las ramas de los melocotoneros y manzanos; incesante zumbido de abejas llenaba el aire; los campos vecinos lucían el hermoso verdor de los forrajes; por la chimenea del tejado subía al cielo una retorcida columna de humo azulado; los pájaros cantaban alegremente. Costábale a Elena gran trabajo creer que en medio de aquella tranquilidad pudiera yacer un hombre gravemente herido. Quizá Carmichael la hubiese alarmado más de lo justo, y la herida no fuera tan grave como él se figuraba.
La viuda Cass apareció en el umbral de la puerta, con su mirada bondadosa, sus arrugas, sus canas.
Mucho me alegra verla por aquí, señorita Elena —dijo—, y mucho le agradezco, además, que venga en compañía de su hermana, a quien no tenía todavía el gusto de conocer.
—Buenos días, señora Cass. ¿Cómo está Roy? —preguntó Elena con manifiesta ansiedad.
—¿Roy? No se alarme usted tanto. Roy ya habría montado a caballo, para irse a su casa, si yo le hubiese dejado. Presintiendo que usted había de venir a verle, me ha obligado a tenerle la palangana del agua mientras se afeitaba. Increíble parece que tenga tanta energía un hombre con el pecho agujereado. No se crea que es tan fácil matar a un mormón.