El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Pasaron en seguida a una habitación, en donde Roy Beeman yacÃa sobre un canapé, junto a una ventana. Estaba despierto y sonriente, pero extremadamente pálido y con inequÃvocos signos de dolor en su cara. Una manta tapaba parte de su cuerpo. Por el cuello de la camisa, desabrochada, asomaban los vendajes.
—Buenos dÃas, señorita —dijo Roy—. Mucha bondad es en usted el venir a verme.
Elena se detuvo a su lado, e inclinándose sobre él le saludó con afectuosas palabras. Era evidente que la herida no sólo era grave, sino dolorosa, y la inmovilidad del mormón no presagiaba nada bueno; pero no parecÃa que la muerte estuviese cercana. Bo estaba pálida, temblorosa, demasiado emocionada para poder hablar. Carmichael colocó sillas cerca de Roy para que las muchachas se sentaran.
—Bueno, ¿qué te duele a ti esta mañana? —preguntó Roy a Carmichael al notar su cara compungida.
—¿Esperabas que viniese a verte con la cara alegre y feliz del que va a casarse? —preguntó Carmichael.
—Eso no, que bien sé que todavÃa no te has arreglado con Bo —repuso Roy.
Las mejillas de Bo perdieron su palidez y de la cara del cowboy desapareció el ceño sombrÃo.
—Si te he de ser franco, te diré que este asunto no me parece de tu incumbencia —replicó Carmichael.