El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Le confesaré, Al, que mi resolución depende en gran parte de la venida de su sobrina; pero nunca he pensado en presentarme a ella, y mucho menos en llegar a interesarla.
—¡Oh, oh! ¡Es usted igual que los demás jóvenes de la región! La juventud es la juventud. Cualquier dÃa encontrará usted una mujer que le sacará de los bosques. Pero, muchacho, esta sobrina mÃa, Elena Rayner, no es para usted. Nunca la he visto. Dicen que es como su madre y le aseguro que Nell Auchincloss era una joven preciosÃsima.
Dale sintió subÃrsele la sangre a las mejillas. Aquella conversación le desagradaba completamente.
—Le aseguro, Al… —exclamó.
—No mienta usted a un viejo.
—¡Oh, yo no miento nunca! Eso se deja sólo a los hombres de las ciudades, en constantes negocios y tratos para explotarse y engañarse unos a otros. Mas yo vivo en la selva, en donde nada me obliga a mentir.
—Bueno, bueno, no se enfade. No tuve intención de ofenderle —replicó Auchincloss—. Hablábamos antes de las ovejas que su puma me mato. Milt, puedo probarlo. Estoy seguro de que fue su puma el que me las mató. Quizá me tome usted por loco cuando le de mis razones. Mi seguridad no se funda en el testimonio de los pastores, sino en algo más serio y fehaciente.
—¿Qué es ello? —preguntó Dale, intrigado.