El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—Cuando usted trajo su puma, ahora hace un año, yo lo vi. Estaba echado a la puerta del boliche, mientras usted seguía en el interior efectuando algunas compras. Fue como encontrar a un enemigo cara a cara. Porque en su mirada pude descubrir su culpabilidad. Se lo aseguro.

El viejo ranchero esperaba que Dale se burlaría de él. Pero éste permaneció serio y grave.

—Al, comprendo lo que usted me dice —respondió, como si estuvieran discutiendo la conducta de un ser humano—. Comprenda usted también cuánto me cuesta admitir la culpabilidad de Tom. Pero es una fiera, y las fieras siempre pueden sorprendernos con alguna de las suyas. Como sea, Al, ya le digo que estoy dispuesto a resarcirle de la pérdida de sus ovejas.

—No; no le acepto el sacrificio —contestó Auchincloss noblemente—. Me basta con el ofrecimiento. Con él me doy por satisfecho. Así pues, olvidemos el asunto. Aquí no ha pasado nada.

—Necesitaba decirle a usted otra cosa, Al —dijo Dale después de un momento de vacilación—. Se trata de Beasley.

Auchincloss dio un respingo, y su cara enrojeció como si toda la sangre hubiera acudido súbitamente a la cabeza. Levanto un puño amenazador. Dale se dio inmediata cuenta de la sacudida que acababan de experimentar los nervios del viejo ranchero.


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