El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡No me nombre usted a ese caballa! —prorrumpió Auchincloss—. No puedo oÃrlo nombrar. Ya sé que usted ha hablado hoy en mi favor, que se ha declarado partidario mÃo. Lem Harden me lo ha dicho. He tenido una alegrÃa, y por esto precisamente he querido olvidar nuestra antigua querella. Pero no me nombre usted a ese ladrón, o le echare a usted de mi casa inmediatamente.
—Sea usted razonable, Al —insistió Dale—. Es necesario que yo le hable a usted de… de Beasley.
—No, no; de ninguna manera. No le escuchare.
—Es necesario, Al Beasley quiere apoderarse de sus propiedades. Acaba de cerrar un trato.
—¡Por vida de…! ¡Ya lo sé! —exclamó Auchincloss rojo de cólera—. ¿Cree usted que me dice algo nuevo? ¡Cállese, Dale! ¡No quiero oÃrle!
—Pero, Al, aún hay algo peor —continuó Dale imperturbable—. Algo mucho peor. Su vida está amenazada, y su sobrina…
—¡Cállese, cállese, y salga inmediatamente de aquÃ! —rugió fuera de sà Auchincloss, amenazando a Dale con los puños.
ParecÃa que se iba a caer presa de un accidente, cuando impelido por su furia se levanto temblando hacia la puerta de su casa. Unos segundos de ira le habÃan transformado totalmente.
—¡Pero, Al, considere usted que yo soy su amigo! —imploró todavÃa Dale.