El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Cuando llegaron al ancho camino, bordeado de flores, que conducía a Pine, el sol ocultaba su disco de fuego tras los montes. Los caballos estaban tan fatigados que era inútil pedirles el trote. Los habitantes de la aldea, al ver a Dale y a John Beeman seguidos del enorme felino, se reunían en pequeños grupos, impelidos por la natural propensión al comentario. Del grupo que se había formado frente al establecimiento de Turner partieron varias miradas hacia el camino, y no hubiera sido difícil a un observador perspicaz descubrir signos de excitación entre las personas que lo constituían. Dale y John se apearon frente a la casa de la viuda Cass. La señora Cass salió a abrirles pálida y temblorosa, pero aparentemente serena.

—¿Cómo está Roy? —le preguntó Dale.

—Dios sabe lo que me alegro de verles, muchachos —exclamó la buena mujer—. Mílt, le encuentro a usted delgado y su cara no me gusta nada. Roy ha tenido un pequeño retroceso; esta mañana ha tenido un disgusto que le ha perjudicado. La, fiebre le ha aumentado y en este momento está delirando. Vale más que no pierdan tiempo viéndole. Hay otros que necesitan que acudan ustedes presto. Pero ¡por el amor de Dios, Milt, aparte usted de mí esa fiera!


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