El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Delante del rancho había varios caballos sin jinete. En el mismo banco en que había visto a Auchincloss cuando fue a visitarle, vio Dale, bajo el pórtico, a un joven mejicano sentado. La puerta del rancho estaba abierta. El perfume de las flores, el zumbido de las abejas y los golpes de los cascos al piafar los caballos, apenas si impresionaron los sentidos de Dale. Sus ojos se oscurecieron de tal modo, que al apearse del caballo, el suelo le parecía estar más abajo. Al poner el pie en el primer peldaño del pórtico, la vista se le aclaro súbitamente. Tanta era su emoción, que no acertó a decir sino algunas palabras incoherentes al mejicano. Dale golpeó la puerta para anunciar su llegada y entró inmediatamente en la casa, sin pasar del vestíbulo.
Fiel a sus hábitos, John, aun en aquellos momentos graves, permaneció fuera para ocuparse de los caballos, procediendo a desensillarlos y a prodigarles los cuidados del caso.
Dale oyó una voz en la habitación contigua, unos pasos y el chirrido de la puerta. Inmediatamente, Elena hizo su aparición. No era ya la muchacha morena y de ojos oscuros cuya imagen tenía tan profundamente grabada en su corazón y en su memoria, sino una belleza atormentada por la angustia y el dolor. Dale no acertó a pronunciar palabra.
—¡Oh amigo mío, cuánto le agradezco que haya venido! —exclamó Elena.