El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—¡En dónde le esperare! —comentó ella, pronunciando lentamente estas palabras—. Milt, usted es como Las Vegas; quiere matar a Beasley.

Dale se rió, sonando su propia risa de un modo extraño en sus oídos. La ira, el odio que sentía hacia Beasley, a pesar de no tener más causa que el daño que Beasley preparaba a Elena, estaba en pugna con el amor y la ternura que sentía por ella. No era fácil dejarla sola en aquellos momentos al verla tan triste, tan abatida, apoyándose en la jamba de la puerta. Mas era preciso ir. Dale, sin pensarlo más, bajo los peldaños del pórtico seguido de Tom. El caballo negro relincho al reconocerle y se encabrito al reparar en el puma. En aquel mismo momento el joven mejicano llego con las alforjas. Dale las ato con el pequeño paquete por detrás de la silla.

—John, tú te quedarás aquí con la señorita Elena —dijo Dale, y si Carmichael viene haz que se quede también, y si esta noche alguien llega a Pine desde donde nosotros hemos venido, fíjate bien y procura que no se te despinte.

—Así lo haré, Milt —prometió John.

Dale montó, y al volverse hacia Elena con intención de decir algunas palabras animosas, perdió el habla al ver a la muchacha pálida y desesperada con las manos en el pecho. Ni siquiera pudo volverla a mirar.


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