El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —SÃgueme, Tom —ordenó al felino—, es muy posible que por fin llegue el momento que puedas pagarme el favor de haberte domesticado.
—¡Adiós, amigo mÃo! —exclamó Elena con voz triste, que sonó en los oÃdos de Dale como un quejido—. ¡Adiós y que el cielo le proteja y le ayude a salvarla!
Ranger partió al galope y Dale no oyó más. No tuvo ánimo para volver la cabeza. En su pecho sentÃa una opresión dolorosa. ¡Cuántos esfuerzos le costó dominar esta impresión! A no haber sido por la necesidad de cumplir un deber, quizá no hubiera podido dominarla a pesar de toda su energÃa.
No atravesó la aldea, sino que la rodeó por el lado Norte, continuando luego hacia el Sur, en donde, siguiendo las mismas huellas que él habÃa hecho, contaba con llegar al lugar donde habÃa encontrado las otras. La noche se echaba encima a pasos agigantados.
Más gusto encontraba el puma en alejarse del pueblo que haber ido a él. Ranger estaba descansado y tenÃa ganas de correr; pero Dale le retenÃa.