El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Yo también —asintió Anson, meneando la cabeza.
Asà fue como expresaron aquellos bandidos su desaprobación y el desprecio que les merecÃa la cobardÃa de Riggs, y la admiración que habÃa despertado en ellos una muchacha que tenÃa la única cosa que respetaban todos los hombres del Oeste: el valor.
En aquel mismo momento una voz que partÃa del promontorio llamó la atención de los bandidos. Anson se adelantó para encaramarse sobre unas rocas que le impedÃan ver. Moze dejó ver también su cuerpo desgarbado detrás de su jefe.
—Señorita, la felicitó por el modo como ha hecho huir a Riggs —dijo mientras tanto Wilson a la muchacha, estudiándola con la mirada.
—Gracias por haberme prestado el revólver —contestó Bo—. Creo haberle desollado un poco la pierna.
—No cabe duda; Jim Wilson se lo asegura.
—¿Jim Wilson? ¿Es usted el forajido que mi tÃo conocÃa?
—El mismo.
—Me acuerdo que me hablaba de la partida de Snake Anson; le mencionó a usted, diciendo que tenÃa mucha punterÃa y que era una lástima fuese un forajido.
—¡Ah! ¿De manera que su tÃo hablaba de mà con simpatÃa? ¡Muy amable su tÃo! Bueno, señorita, dÃgame lo que puedo hacer en su favor.