El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Bo clavó inmediatamente sus ojos en los del bandido, ávida de descubrir el significado y la intención de sus palabras.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó.

—¡Oh, nada!, siento decírselo. Nada que justifique esa alegría —explicó Wilson—. Verdad es que yo no soy, quizás, absolutamente como los demás bandidos; pero soy un bandido, un forajido. Eso es innegable.

Entendió ella lo que estas palabras significaban, y tuvo que felicitarle por no ser hombre dispuesto fácilmente a traicionar a su jefe.

—Haga el favor de desatarme —le dijo, para aprovechar su ofrecimiento—. ¡Que pueda yo pasear un poco! Riggs no me quitaba la vista de encima. Le prometo no hacer nada por escaparme. Además le agradeceré que me dé de beber, porque me muero de sed.

—Con mucho gusto haré lo que me pide —dijo Wilson, quitándole las ligaduras y ayudándola a levantarse—. No tardaré en poderle traer un poco de agua. Espere con paciencia unos minutos.

Y se alejó para dirigirse al lugar en donde Riggs estaba contemplándose la quemadura que la bala le había producido en la pierna.

—Mire usted, Riggs —dijo Wilson—, he tomado bajo mi responsabilidad el desatar a la muchacha, dándole permiso para pasear a su gusto por estos contornos. Es imposible que escape y nada ganamos con ser crueles.


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