El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Riggs, usted no ha traÃdo la muchacha que yo necesitaba —vociferó Beasley—. Es la segunda vez que comete esta equivocación. ¿Qué se propone?
—Me apodere de ella creyéndome que habÃa perseguido a Elena Rayner —fueron las palabras de sinceración de Riggs—. Cuando me di cuenta de la equivocación ya era tarde, y pensé que lo mejor era retener de todos modos a la que habÃa caÃdo en mis manos. ¿Quiere usted oÃrme unas palabras aparte?
—¿Qué impulsos de locura han podido lanzarle en contra de mis planes? —rugió Beasley—. ConocÃa perfectamente mis planes y sabe muy bien que un rapto asà no puede realizarse dos veces, porque la condición principal de su éxito es la sorpresa. ¿Estaba usted borracho o loco cuando cometió la equivocación? Ni borracho ni loco —rectificó—; lo que pasa es que se dejó engañar como un tonto.
Beasley miró, después de proferir estas palabras, primero a la muchacha, después a Anson, luego a Wilson y por último a Riggs. Su cara se puso lÃvida, sus ojos echaron llamas, y cerrando la mano arrojó a Riggs, cuan largo era, al suelo de un certero y formidable puñetazo. Se acercó inmediatamente a él, acariciando con mano nerviosa la culata de su revólver.
—¡Miserable! Ya me habÃan dicho que usted iba tan sólo a su negocio.