El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Tan sólo a mi negocio, no —repuso Riggs levantándose con cautela—. Yo no le he engañado nunca; mi interés se confundÃa con el de usted. El de usted consistÃa en sacar de su casa a la muchacha y el mÃo en apoderarme de ella.
—¿Por qué no ha traÃdo usted en este caso a la muchacha? —preguntó Beasley, todavÃa presa del mayor furor.
—Beasley, dÃgales que me devuelvan el caballo; necesito volver a casa —le rogó Bo Rayner.
Beasley volvió la cabeza hacia ella, sin saber qué contestar. Lo que harÃa con aquella muchacha era para él un problema.
—Nada tengo que ver yo con la presencia de usted en este campamento, ni tampoco tengo que intervenir en la suerte que aquà o fuera de aquà le esté reservada —declaró, después de breve reflexión.
Bo palideció al oÃr estas palabras y sus ojos despidieron llamas.
—Es usted tan embustero y tan cobarde como Riggs —gritó, en un rapto de indignación—. Es usted un ladrón, un bandido, un cobarde que se ceba en las muchachas indefensas. Sus planes nos son conocidos. Milt Dale le oyó tratar de ellos con Anson, y sabemos perfectamente que querÃa raptar a mi hermana. El sitio de usted es la horca, el patÃbulo.