El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¿Le debo a usted algo, según nuestros tratos? —preguntó Beasley.
—No, no me debe usted nada —respondió Anson.
—En este caso en paz —repuso Beasley—; yo me lavo las manos, sin querer saber nada de lo que ha ocurrido y pueda ocurrir todavÃa aquÃ. Riggs es el que ha de pagar los vidrios rotos. Tiene dinero y puede hacerlo. DirÃjase usted a él.
Y sin añadir una palabra más espoleo Beasley a su caballo y se marchó más que de prisa. Los bandidos le siguieron con la mirada hasta que desapareció entre los cedros.
—¿Qué podÃamos esperar de un avaro como ése? —refunfuñó Shady Jones.
—¿No se lo decÃa yo a usted, Anson? —exclamó Burt.
Moze estaba furioso, dándose a todos los diablos. Jim Wilson era el único que no daba muestras de desesperación. Riggs parecÃa más tranquilo.
—Anson —dijo éste—, provéame de algunos vÃveres y yo me llevare a la muchacha.
—¿Adónde?, —quiso saber Anson—. Usted no conoce estos caminos y se necesita estar loco para creer que sin guÃa podrá usted llegar a Pine, sobre todo teniendo en cuenta que ya hay por estas montañas gente verdaderamente baquiana siguiéndole la pista.
Bo volvió los ojos suplicantes a Wilson.