El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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El lugar elegido para acampar era un valle agreste y feraz entre pendientes cubiertas de piceas. Abundaban en él la hierba, la leña y el agua. Los hombres estaban ya en el suelo ocupados en desensillar los caballos y en deshacer los paquetes, cuando la muchacha todavía no se había apeado. Riggs se acerco a desmontarla y ella castigo su atrevimiento con un soberbio bofetón.

Wilson vio lo sucedido, pero Anson no.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó éste.

—El honorable pistolero Riggs ha recibido una caricia de la señorita en pago de sus galanterías —explicó Moze, dándoselas de gracioso.

—¿Lo has presenciado tú, Jim? —preguntó Anson.

—Sí —contestó Wilson—. Él se ha acercado para desmontarla y ella le ha dado un bofetón.

—Ese Riggs está completamente loco —dijo Anson a Moze, en voz baja.

—Patrón, fíjese en lo que dijo Jim; ese Riggs será nuestra perdición.

Todos se pusieron a la obra y en pocos momentos el fuego ardía, el agua hervía y los peroles de la comida exhalaban un apetitoso vaho. La muchacha se había apeado ya del caballo, habiéndose sentado en el suelo, mientras Riggs se cuidaba de poner el caballo aparte. Parecía distraída, absorta en sus pensamientos, como si hubiese olvidado que estaba en poder de los bandidos.


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