El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Bo rehusó el alimento ofrecido por Riggs, pero comió y bebió lo que Wilson le proporcionó, acomodándose en seguida en su cobijo.
Por mucha camaradería que hubiese entre los hombres de Snake Anson, no se manifestaba aquella noche. Todos estaban taciturnos, todos parecían presagiar desgracias, muy creídos de que sus compañeros vivían muy ajenos a sospechar los males inminentes. Todos fumaban. Moze y Shady jugaban a las cartas a la luz de la lumbre; pero apenas si se cruzaba entre ellos alguna que otra palabra. Riggs fue a colocarse, envuelto en su manta, a poca distancia del cobijo de Bo. Burt también fue a tenderse en su yacija y los jugadores no tardaron en imitar el ejemplo. Snake Anson y Jim Wilson se quedaron un buen rato meditando junto al fuego.
La noche era oscura, con muy pocas estrellas en el cielo. Un viento bastante violento agitaba y hacía gemir las ramas de las piceas. De vez en cuando oíanse las patadas de los caballos. Ni un aullido, ni un rugido, ni voz alguna de bestia nocturna atestiguaba la realidad de la selva. Los hombres de la partida dormían profundamente.
—Jim, este maldito Riggs nos ha estropeado el negocio —dijo Anson en voz baja.
—Así es —asintió Wilson.
—Y aun me temo que nos haya traído la mala suerte.
