El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Pronto los bandidos estuvieron nuevamente en marcha hacia las cumbres de la cordelera, no desviando su camino de la línea recta, sino para buscar prados blandos y cubiertos de hierba, en donde las huellas de su pezuña quedaron marcadas. No recorrieron más allá de unas doce millas aquella tarde; llegaron, sin embargo, a la meseta, cuyos bosques se extendían en suave declive hacia la cresta de los montes. Allí empezaba el extenso y oscuro bosque de abetos y pinos dominando y sofocando el crecimiento de las raquíticas y raras piceas. La última hora de viaje fue penosa y dura. Se marchó todo el rato serpenteando formando espirales, apartándose de la línea recta, trepando alturas difícilmente accesibles en busca de un lugar del agrado de Snake Anson. Ninguno le parecía bastante seguro para pasar la noche. Al fin encontró un punto cuyas condiciones le gustaron.
Un calvero, en un extremo del cual se elevaba un farallón con algunas rocas, menos altas todas ellas que los pinos que crecían a su alrededor. Lamiendo los pies de este farallón corría un arroyo de aguas claras y susurrantes.
Los bandidos, cuyo humor había mejorado mucho después de la muerte de Riggs, continuaban algo más locuaces. Pero ninguno de ellos se atrevía a mantener una conversación en voz alta, dadas las precauciones que necesitaban tomar.