El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Wilson se mostró tan servicial con la muchacha como la noche anterior, recomendándole se alimentara para que la debilidad no se apoderara de ella. Ella siguió su consejo, aunque no sin esfuerzo.
Como la jornada había sido fatigosa por haber tenido que recorrer todos, menos la muchacha, varias millas a pie, no tardaron los bandidos mucho tiempo, después de cenar, en entregarse al sueño. Tan espeso era el follaje, que ni una sola estrella podía verse a través de la copa de los árboles. El viento sacaba de los pinochos agudos sonidos, como de cuerdas musicales. De vez en cuando se oía el crujido de alguna roca que se partía o de alguna rama que se resquebrajaba. Eran los ruidos de la selva perfectamente físicos y naturales, pero que necesitaban la luz del día para convencer a los bandidos que no eran ruidos del otro mundo. Después, a pesar del viento y del incesante murmullo del agua, pareció caer sobre la selva un silencio más profundo e impenetrable que las tinieblas que le envolvían. Pero los forajidos, fatigados de la penosa marcha, se durmieron profundamente para no oír nada. Despertáronse solamente con la salida del sol, cuando los bosques parecían envueltos en una densa neblina y cuando la luz, los pájaros y las ardillas proclamaban la llegada del día.
Los caballos no se habían alejado del campamento aquella noche, detalle que no pasó inadvertido a Anson.