El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—Este lugar no será muy agradable; pero pocos habrá más seguros, me parece a mí —proclamó Anson.

—No hay ningún lugar seguro en la tierra —objetó Wilson.

—El único lado que hemos de vigilar es el mismo que nosotros hemos recorrido, porque no hay otro camino para llegar hasta aquí —repuso Snake Anson.

—Snake, nosotros somos excelentes cuatreros; pero para andar por las selvas somos menos baquianos.

Anson dirigió una mirada de extrañeza a aquel hombre que había sido antes su mejor amigo, y envió a Burt a cazar algo con que poder alimentar a la banda, invitando luego a sus hombres a que jugaran a cartas.

Como no carecían de dinero después de la muerte de Riggs, pronto se entregaron al juego con pasión. Wilson, mientras fumaba, partía su atención entre los jugadores y la muchacha. El aire de la mañana era fresco, y ella, no muy interesada evidentemente en la compañía de los bandidos, fue a calentarse al sol, ya que éstos habían acaparado la vecindad del fuego.

Un par de horas después, los rayos del sol quitaron al viento su penetrante frialdad.

—Jim —dijo Anson a Wilson levantando la cabeza y mirando las laderas—, los caballos se están alejando demasiado.


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