El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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XXII

—¡Hola, Dale! Tienes una manera de anunciarte muy poco amistosa —musitó Wilson.

—Silencio. No hables tan alto —ordenó el cazador en voz baja—. ¿Eres tú Jim Wilson?

—El mismo. Pronto has dado con nosotros. ¿O tal vez el encuentro ha sido casual?

—Os he seguido la pista. Wilson, necesito la muchacha.

—No necesitabas decírmelo. Podías comprender que me lo figuraba.

El puma miraba atentamente a su amo, con el evidente deseo de obedecer sin dilación las ordenes que éste le diera. Sus garras eran vigorosas y terribles. Su boca, abierta, mostraba cuatro colmillos agudos como puñales. El bandido no tenía evidentemente miedo alguno del fusil que le apuntaba; pero la vista de la fiera le tenía menos tranquilo.

—Wilson, muchas veces he oído hablar de ti como de un forajido con buenos sentimientos —dijo Dale.

—Quizá —murmuró Wilson—; pero en este momento no estoy seguro. Con fieras no tengo costumbre de luchar.

—El puma no saltará sobre ti mientras yo no se lo mande. Wilson, si te suelto, ¿te comprometerás a traerme la muchacha?

—¿Y si rehusó? —preguntó Wilson.


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