El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —En ese caso ya puedes comprender lo que ha de sucederte.
—¿Acaso tengo libertad para escoger? ¡SÃ, te la traeré! —prometió el forajido—. Pero ¿aceptarás tú mi palabra?
—Sà —declaró Dale—. Creo que me puedo fiar de ti. Además, preciso es que comprendas que tengo a la banda de Anson en mi mano. No podrÃais vencerme a mà en estos bosques. Para mà es la cosa más fácil del mundo dejaros sin caballos en estas selvas y cogeros después a todos uno a uno. También podrÃa soltar contra vosotros el puma, durante la noche.
—No lo dudo. Tú estás en tu terreno; nosotros, no —reconoció el honrado bandido—. Entre los dos sea dicho, Dale, yo nunca fui partidario de este negocio.
—¿Quién mato a Riggs? He encontrado su cadáver. Wilson se hizo el remolón para contestar.
—¿Y la muchacha? ¿Está sana e ilesa? —preguntó Dale con interés.
—Tan sana y segura está como en su propia casa. Es la muchacha más valiente que he visto en mi vida. Nunca hubiera creÃdo que una joven pudiese tener tanto valor. El único que le hizo daño fue Riggs, que le dio un puñetazo en la boca. Por eso le maté. Por esta buena acción creo que Dios me ayudará a salvarla.
—¿Cómo? —preguntó Dale.