El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Nunca he oÃdo una rana que croara peor que ésta —dijo, y le volvió la espalda, alejándose de él con pasos majestuosos.
Después de esto se acerco a Moze y le chasqueo los dedos en sus propias narices.
—Este diablo me gusta más —dijo—, porque tiene cuernos.
Moze no se atrevió a reÃr, por si acaso.
Anson encontró en sà mismo bastante valor para adelantarse hacia ella, alzando la mano para tocarla. Probablemente querÃa darle algunas palmadas cariñosas con propósito de apaciguarla; pero ella retrocedió, dando un gran chillido y exclamando:
—¡Tus dedos arden, tus dedos queman! Por eso, hombre brutal, te huyen todas las mujeres.
Anson perdió el color y dio muestras de gran desconcierto.
—El diablo te convertirá en serpiente —manifestó Bo—. Medirás cuarenta y cinco metros y tendrás los ojos verdes. Verás qué de prisa andarás sobre tu vientre; pero procura que mi cowboy no te pise la cola.
Y se aparto de ellos dando graciosas vueltas, cual si fuera un torbellino, y prorrumpiendo, cuando se hubo alelado, en canciones tan pronto tristes como alegres. Danzo luego alrededor de un pino y se metió, por fin, haciendo cabriolas, en su cobijo, desde donde comenzó a lanzar los más lastimosos quejidos.