El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Oh, una chiquilla tan brava! —comentó Anson—. ¡Quién lo hubiera dicho! ¡Pobre muchacha!
—¡Con tal que eso no acabe de traernos la desgracia! —manifestó Wilson.
—Eso no nos puede traer nada bueno —asintió Shady melancólicamente.
—Es una maldición que ha caÃdo sobre nosotros —murmuró Moze.
—Una loca en mi campamento. ¡Era lo único que nos faltaba! —prorrumpió Anson.
La superstición se apoderaba del espÃritu ignorante de aquellos hombres valientes en otras ocasiones, y tan propensos ahora al miedo y al terror.
Wilson se acerco a su jefe con ánimo evidente de decirle algo; pero éste leyó en los ojos lo que él iba a decirle y no le dio lugar a que abriera los labios.
—Loca o no, no la soltaré sino a cambio de un crecido rescate —vociferó.
—Pero, hombre, no seas insensato, ¿o te has vuelto tú también tan loco como ella? ¿No ves que es imposible que obtengas ningún rescate?
—¿Por qué no?
—Porque nos siguen la pista, porque bastante tenemos con huir.
—¿De dónde sacas tú lo que dices? —preguntó Anson, levantando la cabeza como una serpiente dispuesta a herir.