El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque En un momento de completo silencio volvió a sonar más fuerte y espeluznante que nunca la misma voz extraña y lúgubre.
—Es la loca —declaró Snake Anson.
Sus hombres aceptaron esta explicación con tanto contento como habían experimentado cuando cesó el alarido.
—No hay duda que es ella —corroboró Jim Wilson gravemente.
—No nos va a dejar dormir en toda la noche —gruñó Shady Jones.
—Me dan ganas de retorcerle el pescuezo —declaró Moze.
Wilson se levantó para continuar sus paseos con la cabeza doblada y las manos a la espalda, como un triste e impresionante prototipo de la más honda y viva preocupación.
—Siéntate, Jim, que me pones nervioso con tus paseos —le dijo Anson, impaciente.
Wilson se puso a reír, pero sin hacer ruido, como si temiese dar rienda suelta a la hilaridad.
—Snake, te apuesto mi caballo y mi fusil contra una hogaza que no tardaremos muchos minutos en estar todos pateando de pavor, como los caballos.