El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Anson se quedó, al oÃr esto, con la boca abierta. Los otros dos bandidos le miraron con estupefacción. Wilson no estaba borracho, y hablaba en serio. ¿Qué querrÃa significar con aquellas palabras?
—¿Te estás volviendo cobarde, Jim? —exclamó Anson, con voz ronca.
—Tal vez. Eso sólo Dios lo sabe. Pero dime, Snake, ¿has visto morir a mucha gente?
—He visto morir a muchos, sÃ. ¿A qué viene esta pregunta?
—¿Has visto morir a alguien dé impresión, dé emoción, dé miedo?
—Eso no; nunca.
—Yo sÃ, y eso es lo qué temo: tener qué presenciar ésta noche otra muerte por la misma causa —declaró Wilson, reanudando sus paseos.
Anson y sus dos camaradas cambiaron miradas dé asombro.
—¿Quién puede morir aquà de miedo? —interrogó Anson.
—¿Quién ha de ser? ¡La muchacha! El miedo, la impresión, las emociones la han vuelto loca, y el miedo, la impresión y las emociones la matarán. ¡Esa muchacha está muriéndose! —declaró Wilson con voz lúgubre.