El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque La dirección del sonido procedente de la cañada era difÃcil de determinar, pero por poco avezado que se estuviera a localizar los ruidos dé la selva habrÃa sido fácil comprobar que las diferencias dé intensidad eran hijas dé las distancias y posiciones. También hubiérase podido notar qué cuanto más intenso era el grito, más se asemejaba a un gemido. Pero aquéllos bandidos oÃan con sus conciencias.
Por fin cesaron los misteriosos alaridos.
Wilson se apartó nuevamente del grupo para desaparecer en las tinieblas. Su ausencia duró más que otras veces. Cuando volvió, lo hizo precipitadamente.
—¡Ha muerte! —anunció con voz afectada—. Esa infeliz, qué nunca hizo daño a nadie y que hubiera sido capaz de regenerar a un hombre con su cara bonita, ha muerto. Anson, tendrás que dar cuenta a Dios dé ésta muerte cuando llegue tu hora.
—¿Qué dices, insensato? ¿La he matado yo acaso? —protestó Anson.
—A ti té alcanza toda la responsabilidad —declaró Wilson—. Tu expiación será dura, no lo dudes.
—No creo que haya muerto —objetó Anson, tembloroso—. Estará solamente dormida. Dadme una luz.
—Patrón, es una gran locura acercarse a una muchacha muerta en tales circunstancias —opinó Shady Jones.