El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¡Oh, oh! ¿Qué viento dé locura sé ha apoderado dé toda mi banda? —protestó Anson, apoderándose de un tizón encendido por un solo extremo, y dirigiéndose con él al cobijo dé la muchacha.
Su corpachón, alto y desgalichado, acababa de dar, a la luz de la improvisada antorcha, un aspecto fantástico y pavoroso a la escena. Asustado de su propia sombra, se pudo observar qué a medida que se acercaba a la muchacha avanzaba más despacio y cautamente.
—¡No está aquÃ! —exclamó, después dé inclinarse para mirar el interior del cobijo.
La llama se apagó, no despidiendo él tizón sino la débil luz de su punto convertida en ascua. Agitó Anson él tizón, sin lograr qué volviera a encenderse. Sus compañeros concluyeron por no verle, a él ni al tizón. Las tinieblas parecÃan habérselo tragado.
Transcurrieron algunos segundos sin que se oyera él menor sonido. El viento volvió luego a llenar el espacio con sus gemidos, mezclados con él susurro burlón y cadencioso del torrente. Sintióse después él paso dé algo entre las piceas, cuyas ramas sé movieron al impulso dé lo qué quizá no fuese sino una ráfaga. Anson volvió corriendo a la vera del fuego. Llevaba él terror retratado en su cara pálida. Sus ojos, desmesuradamente abiertos, parecÃan querer salÃrsele de las órbitas. HabÃa desenfundado su revólver.