El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Las conciencias agitadas y culpables de los bandidos hacíanles sentir un miedo que a la luz temblorosa de la llama podía cada cual atestiguarlo claramente en la cara de sus compañeros. Todos permanecían quietos como estatuas de piedra espiando con la mirada las sombras de la noche y escuchando los rumores más imperceptibles.

Pocos eran los ruidos que interrumpían el silencio de la noche. De vez en cuando oíase alguna patada de caballo. Los quejidos del viento se mezclaban con los rumores burlones del arroyo, no sirviendo estos ruidos sino para hacer resaltar de un modo más pavoroso el silencio sepulcral de la noche. A una conciencia tranquila, aquella noche le hubiera parecido la más bella y pacífica de cuantas hubieran podido soñarse; pero los bandidos no oían los sonidos de la noche con sus oídos, sino con su imaginación torturada.

De repente, rasgó el aire silencioso, opresivo y sobrecargado de la noche, un grito corto y penetrante.

El caballo de Anson se encabritó, batiendo el aire con sus remos delanteros, y perdiendo el equilibrio cayó pesadamente al suelo. Los demás caballos se pusieron a temblar, despavoridos por el terror.

—¿Ha pasado por aquí algún felino? —preguntó Anson.

—Eso ha sido el grito de una mujer —repuso Wilson, temblando como una hoja agitada por el viento.


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