El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —En este caso, yo tenÃa razón; la muchacha está viva y vaga por estos alrededores. Ella ha sido la que ha lanzado el grito —dijo Anson.
—Viva sÃ, vagando por estos alrededores no —aseveró Wilson.
—¡Qué dices, Dios mÃo! ¿Vuelves a tus locuras?
—Sostengo que si la muchacha no está muerta, está agonizando —insistió Wilson, comenzando a balbucear por lo bajo palabras incoherentes, como si el miedo le tuviese también a él a dos dedos de perder la razón.
—Si yo hubiese sabido lo que iba a suceder, habrÃa saltado desde un principio los sesos a esa muchacha. ¡Lo que es como continúe gritando de ese modo…!
No pudo continuar, porque un grito agudo y desesperado, muy parecido a los anteriores, le cortó la palabra. Este último alarido procedÃa del mogote cercano.
Desde otro punto, no muy lejano, en el fondo de la cañada, se elevó el grito de una mujer agonizante: lúgubre, terrorÃfico, salvaje.