El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque El caballo de Anson empezó a retroceder, rompiendo el ronzal y yendo casi a caer de espaldas sobre unas rocas. Anson lo cogió, acercándolo de nuevo al fuego. Los otros caballos temblaban, esforzándose por soltarse y salir disparados. Shady Jones echó leña al fuego. La llama, chisporroteante y envuelta en denso humo, daba a la figura de Wilson, con sus brazos extendidos, la apariencia de un espectro.
El extraño y terrorífico alarido no se repitió; pero el gemido de mujer, en mortal trance, rasgó el silencio de la noche, repetido varias veces por los ecos cada vez más débiles y lejanos. El silencio volvió a reinar nuevamente en la selva y la oscuridad pareció ser cada vez más densa. Los hombres esperaban calladamente, y cuando ya empezaban a recobrar la tranquilidad, el grito sonó de nuevo terriblemente cerca, casi detrás de los árboles. Era un grito humano, personificación del sufrimiento y el terror de la lucha tremenda entre la vida y la muerte. Tan recio, tan evocador, tan maravilloso era el grito, que los que lo oyeron se estremecieron como si hubieran visto una inocente, tierna y hermosa criatura horriblemente despedazada delante de sus ojos. Era un grito acusador, mortal, que sugería, no tanto las penas del sufrimiento como los horrores de la muerte.