El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Un estremecimiento recorrió el cuerpo exangüe del herido. En su cara cadavérica se dibujo una mueca de cólera. Había llegado para él el grande y terrible momento que presentía desde muchas horas antes. Wilson también había presentido el trágico desenlace. Había sido inútil que Anson se empeñara en eludir los designios de la fatalidad. Moze y Shady permanecían encerrados dentro de sus motivos egoístas y sordos.
Herido y moribundo como estaba, sacó Anson el revólver de su funda y tiro sobre Moze, quien, sin fuerzas siquiera para exhalar un gemido, cavo redondo y sin vida al suelo: tan certera había sido la bala. Apuntando inmediatamente a Shady disparo el segundo tiro; pero el caballo de este bandido dio un salto tan inesperado que la bala fue a perderse en la oscuridad del bosque sin hacer blanco. Shady apunto a Anson sin apearse; pero la bala se incrusto en el suelo, arrojando sobre el cuerpo del herido gran cantidad de tierra y grava. Volvió a apuntar; pero Wilson no le dio tiempo a disparar la segunda vez, porque se le adelantó, atravesándole el pecho de un balazo. Shady cayó pesadamente sobre el cuello del caballo y el animal, asustado, emprendió veloz carrera en dirección del bosque, arrojando al exánime jinete al suelo y tronchando ramas y maleza.
—Jim, ¿le has herido? —murmuró Anson.