El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Sí, pero muy asustada —contestó Bo.
—Razón tiene para ello. Sígame, porque creo que sus pesares tocan a su fin.
La ayudó a marchar por la selva oscura siguiendo el camino del arroyo, cuyos rumores apenas si dejaron oír el silbido cauteloso con que Wilson llamó a Dale. La muchacha andaba con dificultad, ¡tan decaídas estaban sus fuerzas! A un segundo silbido, Dale contestó desde la oscuridad. Wilson espero con la muchacha apoyada en su pecho.
—Aquí está Dale, ánimo —le dijo—. No se desmaye usted ahora después de todo el valor que ha demostrado.
Unos pasos en la maleza y pronto apareció Dale seguido del puma, a cuya vista Wilson no pudo reprimir una sacudida nerviosa.
—¡Wilson! —exclamó Dale, en voz baja.
—Aquí te traigo a la muchacha, Dale, sana y salva contestó Wilson, adelantándose al cazador y poniendo a la muchacha en sus brazos.
—¡Bo! ¡Bo! ¿Está usted sana? —preguntó Dale con voz trémula.
Ella no supo contestar sino con exclamaciones y saltos de alegría.
—¡Oh, Dale! —contestó—. ¡Cuántos sufrimientos, cuántos temores!, pero todo ha pasado ya. Debemos mi salvación a Jim Wilson.