El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —SÃ. Está con sus hombres en el rancho; pero no puede tardar en verse obligado a partir a todo correr de su caballo.
Allà estaba la fuerza del Oeste. Beasley no podrÃa eludir el encuentro con su enemigo. De haber abrigado en su pecho unos átomos de valor no habrÃa aguardado tanto a salir de casa. Beasley no podÃa alquilar hombres que sostuvieran en su lugar el encuentro con Las Vegas. Esto le habrÃa desprestigiado de tal modo, que no hubiera tardado en verse abandonado de todo el mundo. El Oeste le habÃa permitido la ejecución de todos sus crÃmenes; mas le abandonaba una vez llegado el momento de la expiación.
—Abe, si este cobarde no viene pronto aquÃ, iré yo a su encuentro.
—No tengas prisa, que no se te escapará.
—Le esperaré un rato más. Dame un cigarrillo.
Con dedos ligeramente temblorosos Abe lió un cigarrillo, lo encendió con el que él fumaba y lo ofreció al cowboy.
—Las Vegas, me parece oÃr caballos —dijo.
—A mà también —corroboró Las Vegas, con la cabeza alta y atenta, como la de un ciervo alarmado. Inmediatamente se olvidó del cigarrillo y del amigo.
Abe se metió en un boliche.