El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Beasley dirigió a Weaver una mirada sombría y terrible, ordenándole retirarse. Weaver miró a Beasley desde la puerta con ojos escudriñadores y fatídicos. Beasley sintió en sus venas el frío de aquella mirada, que no podía significar otra cosa sino lo que las leyes no escritas del Oeste le mandaban, a saber: que tenía que salir al encuentro de Las Vegas.

Pero Beasley no salió. En vez de ello desfogó su nerviosidad dando inquietos paseos por la estancia. Varias veces se dirigió a la puerta con ánimo de salir; pero otras tantas se detuvo antes de abrirla. Bastante después de medianoche se acostó, sin poder conciliar el sueño. Pasó toda la noche dando vueltas en la cama, para levantarse al día siguiente sombrío e irritable.

Llenó de improperios a la mejicana que le sirvió el desayuno y, con asombro suyo, observó que ninguno de sus hombres había ido a presentársele. Esperó largo rato vanamente, hasta que, convencido de la inutilidad de la espera, salió a los corrales y establos llevando un fusil en la mano. Sus hombres estaban allí en un grupo, que se deshizo al acercarse él. No pudo ver ni un solo mejicano.



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