El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Beasley ordenó que ensillaran los caballos y que le siguieran a la aldea todos sus hombres. Esta orden fue desobedecida. Beasley prorrumpió en un sinfín de palabras amenazadoras y malsonantes; pero sus hombres le oyeron con irritante indiferencia. Beasley podía leer claramente una pronunciada hostilidad en todas las miradas. Los que llevaban más tiempo trabajando con el mostrábanse menos hostiles, pero no menos reacios y desobedientes. Al fin Beasley se decidió a preguntar por los mejicanos.
—Patrón, hemos de decirle a usted que los mejicanos han abandonado el rancho hace un par de horas con dirección a Magdalena —declaró Buck Weaver.
De todas las contrariedades y amargas sorpresas que había tenido que soportar hasta entonces, aquélla era la peor. Beasley la oyó profiriendo unas cuantas blasfemias.
—Patrón, se han ido temerosos de lo que pudiera hacer con ellos el bravo tejano —manifestó Weaver.
Uno de los hombres de Beasley le trajo su caballo ensillado. Pasó la brida por el brazo de su patrón y fue a reunirse con sus camaradas, sin pronunciar palabra. Nadie abrió la boca. La presencia del caballo era muy elocuente; pero Beasley no pareció entender lo que aquello significaba, porque, sin hacer caso de la cabalgadura, se metió, sin soltar el fusil, en el interior del rancho.