El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque La ira y el miedo que le dominaban no le permitían pensar en lo que sus hombres dirían de él. Sin embargo, si hubiera habido alguna probabilidad de recuperar su prestigio, el momento habla pasado ya hacía tiempo.
Una vez en el interior del rancho, Beasley se sirvió una copa de vino, pero algo debió de asustarle a la vista de la botella, porque la apartó violentamente a un lado. Era como si aquella botella contuviese un valor y una osadía que cualquier hombre, excepto él, hubiese podido libar.
Luego volvió a pasear nuevamente por la estancia, palideciendo a medida que sus pensamientos le presentaban más claramente la verdadera gravedad de su situación. Dos veces la sirvienta le llamó inútilmente a cenar.
El comedor estaba iluminado y la comida servida; pero Beasley se sentó a la mesa sin decidirse a probar bocado. Un precipitado y ligero ruido de espuelas le sobresaltó, obligándole a volver con espanto la cabeza.
—Buenas noches, Beasley —dijo Las Vegas, apareciendo súbitamente.
Frías gotas de sudor le corrieron a Beasley por todo el cuerpo.
—¿Qué hay? ¿Qué desea usted a estas horas? —preguntó, torpemente: