El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Estas palabras tuvieron la virtud de causar una de las dulces, desconcertantes, inesperadas transformaciones de Bo. Sus recelos, su resentimiento, su obstinación se desvanecieron. Su cara se convirtió en el espejo de sus sentimientos benignos y propicios.

—¡Oh, Elena, tienes razón! —confesó—. Si Dios quiere que vuelva a tener ocasión de reconciliarme con él, no la dejaré escapar. ¡Quizá no vuelva a beber en su vida!

—Bo, sé buena y serás feliz. No vuelvas a alejarte a caballo, ni a complacerte en importunar y hacer sufrir a tus adoradores, que todo se arreglará al fin.

Bo recupero pronto su ecuanimidad.

—Tú tienes motivos de estar contenta —dijo—. Tienes un novio que no sabe vivir sin ti. Y, sin embargo, aún no he olvidado los días en que te embargaba el más negro pesimismo. ¡Quizá también a mí me aguarde un futuro lleno de felicidad!

Bo no tuvo necesidad de nuevos consuelos. Elena no tuvo ya sino que suspirar y rezar porque sus augurios se cumplieran pronto.

El primero de julio se anuncio con una fuerte tormenta apenas salido el sol. Retumbo el trueno en los espacios y los rayos tiñeron las nubes de fuego y oro, dejando en los campos, al terminar el fantástico espectáculo, un suave y fresco olor de humedad, que deleito a Elena.


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