El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Los árboles estaban llenos de aves canoras. Las flores tenían su cohorte de zumbonas abejas. De los campos vecinos al arroyo partían los silbidos, cantos y gorjeos del mirlo y de la alondra. Un asno puso en conmoción el aire con su disonante rebuzno. Las ovejas balaban, siendo el balido de los corderitos especialmente grato a los oídos de Elena. Al dar aquel día su cotidiano paseo disfruto más que nunca de las delicias de la vida en contacto inmediato con la Naturaleza. Todo era color, actividad y vida. La brisa era cálida y traía al llano aromas de las montañas, frondosas y verdes, con el calor del estío. Elena sentía renacer en su pecho el deseo de volver a ellas.

En aquel momento se acerco a Dale. Estaba el cazador en mangas de camisa, cubierto y acalorado, inmóvil y con la vista fija en las lejanas montañas. El saludo de Elena le saco de su abstracción.

—Estaba mirando las cumbres remotas —dijo, sonriendo.

Elena sintió la dulce emoción de la clara, maravillosa luz de sus ojos.

—También las miraba yo —dijo—. ¿Echas de menos tus montañas?

—No echo de menos nada; pero me gustaría visitar contigo, una vez más, mis bosques favoritos.

—Los visitaremos —prometió Elena.

—¿Cuándo?


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